3 de octubre de 2011

Estación de Autobuses.


Me suelo fijar en todo el mundo. Mejor cuando voy por la calle, observas sus pintas, lo que le está comentando al otro, la forma en la que lo hace... podría decirse que soy muy cotilla, pero puedes aprender cosas curiosas.
Esta vez ha sido en una estación de autobuses, no estuve ni media hora, pero en ese tiempo me dio tiempo a saber que no quiero volver.
Solo con ver a una pareja, que se acercaba lentamente al señor que revisaba los billetes. Se acercaban con temor a lo que iba a venir, con caras serias y las manos apretadas. Cuando el conductor le miró y le rompió un cacho de ese papel, a la chica se le rompía algo más. Él la miró, y se abrazaron después de un intenso beso. No lloraron, sus caras ya lo decían todo. Después, la chica se giró y volvió al metro, no quería ver cómo subía las escaleras del autobús. El chico se giró y, al ver como se iba, se quedó con la mirada hacia ella, quieto... después miró hacia abajo, y se dirigió a su asiento.

No sé dónde iba, ni lo que iba a durar su estancia, ni si iba a volver o no. Pero las despedidas son horrorosas. El no saber cuándo volverás a verlo, o siquiera si lo verás de nuevo... y querer guardar todos los recuerdos de esos días que para ti se hicieron tan sumamente cortos.
Apostaría lo que fuera a que el apretujón de ese abrazo, algo tan simple como un abrazo, más que el beso largo e intenso que se dieron, se le quedó a la chica en su cuerpo toda la noche. Y soñará con ello, viéndole en todos los autobuses que encuentre.


Y a él, la imagen de la chica yéndose, durante todo el viaje... aunque no apostaría tanto por esto, solo me fijé en la cara de amargura de ella.

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