El otro día subiendo
la cuesta de casa, solitaria y oscura, un gato salió de una esquina y se me
cruzó. Hacía mucho que no me daban un susto así, que no sentía mi corazón de un
solo golpe.
Sentí esa mirada
tentadora, felina, dura; estuve pensando cómo hacerlo, y cuando me decidí me
acerqué e intenté tocarlo, poco a poco le acaricié su cuerpo y éste hizo una
especie de curva cuando pasaba por su lomo, tenía el pelo suave. Cuando le
acariciaba la cabeza ronroneaba y cerraba los ojos. Cuando se cansó de esa
situación, miró a la calle y se fue con pasos elegantes escondiéndose debajo de
un coche, sin pararse y girarse para darme las gracias por aquella amabilidad y
paciencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario