Un día me apetece un café. Café caliente. Ardiendo. Que note como baja por mi garganta y que me cueste tragar. Que cuando haga su efecto me haga quedarme en vela toda la noche. Despierta.
Otras veces me apetece un té helado. Tan frío que me dé un pequeño dolor en la ceja derecha. Y que me deje las manos heladas al cogerlo, sin sentirlas.
Y de tanto una cosa mezclarla con la otra, al final se ha roto la taza. Que si me abrasa que si me enfría, ¡pum!, adiós taza del Ikea, hecha pedazos. Ahora, ¿dónde pondré mi desayuno?.
PD: menos mal que cuando estalló, yo no estaba cerca, sino también tendría que bajar a comprar tiritas.
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