15 de noviembre de 2010

La estúpida Guerra.

Odiaba discutir con ella. Era cabezona, orgullosa y nunca podía equivocarse.
¡Qué coincidencia, él era igual!.
Aaron siempre decía que ese orgullo le mantenía fuerte, que esa cabezonería le hacía salirse con la suya y que siempre tenía razón, por lo tanto, si discutía era por algo necesario. Pero se encontró con ella, igual en todos esos ámbitos, y lo odiaba. Odiaba que fuera tan cabezona y que no pudiera entrar en razón sobre lo que había hecho mal. Odiaba que fuera capaz de aguantar igual que él sin hablarla, sin ir detrás para solucionar las cosas. 
¿Qué hizo? Mantenerse igual. Esta estúpida guerra, en la cual nadie salía ganando y cuyo inicio ya se le había olvidado, seguía en pie por un simple hecho de fuerza. Pero en fin, las guerras siempre son estúpidas,¿no?.


Se podría decir que nuestro carácter nos hace meternos en problemas, pero es nuestro orgullo el que nos mantiene en ellos.

3 comentarios:

Ester Livingstone dijo...

Ay el orgullo, cuántos problemas da y que pocos beneficios obtenemos de él... sobre todo en personas identicamente cabezotas.

Luciérnaga dijo...

El orgullo será una mierda, sí; pero yo, que no lo soy para nada, me trae problemas ...

Luciérnaga dijo...

por cierto! Te sigo :)