Un huevo kinder, esa merienda que nos gustaba a todos. Aunque fueran dos trozos de chocolate, nos entreteníamos con el juguete de dentro.
Agitabas el huevo para elegir cual te quedabas. Cuando lo abrías lo hacías con ilusión, después lo dejabas encima de la mesa porque no le encontrabas utilidad y tu madre lo tiraba o lo ponía en la estantería.
Te das cuenta que te haces mayor cuando lo ves en la tienda y te lo compras, ya que hace mucho que no lo comías. No lo agitas. Lo abres y tardas 20 minutos en hacer el puñetero muñequito que antes tardabas 10 segundos en construir. Y después lo miras con orgullo, dejándolo encima de la mesa por si acaso se rompe y destrozas esos minutos de esfuerzo.
Ahora sé que no sirvo para arquitecta.
1 comentario:
Para que luego vaya una pequeña negra y lo joda.... anda que.. no se porque la dejas jugar con esas cosas
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